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Cómo recuperarse de la pérdida de seres queridos.

Realizaremos una conferencia cada mes de cómo recuperarse tras la perdida de un ser querido. Además contamos con profesionales en el área de la Psicología a su disposición  para apoyar a la familia en su dolor, nuestra Psicóloga realiza terapias individuales y grupales, también para enfermos terminales y en especial para las  personas que quedan afectadas con la situación dolorosa por la que están pasando. Cabe destacar que estos servicios son completamente gratuitos.

Si desea mas información puede contactarse gratuitamente a la línea 600 4 909090 o bien comunicarse directamente con la encargada de la unidad de duelo Francisca Salvo al teléfono: +56 9 8301 1160​⁠​

“En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele”.

J. Montoya Carrasquilla (1998)

Sobre la muerte de los seres queridos: ¿Aceptación o renuncia?

 

J. Montoya Carrasquilla, MD, MS

 

En el trabajo con las personas que han sufrido algún tipo de pérdida, en particular a causa de la muerte de un familiar, es muy frecuente escuchar la palabra aceptar o aceptación, en forma de juicio o sentencia y de forma muy categórica, ¡es que lo tienes que aceptar!, condicionando la recuperación de la pérdida a ésta, o, al menos, forzando al deudo a dar este paso como el primero y más importante, sin el cual la mencionada recuperación no podría darse.

 

Tradicionalmente, las tareas del duelo de Worden (Worden, J.W. “Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner”, 4th edition, New York, Springer, 2008) han sido consideradas como referenciales.

 

La primera de estas, la aceptación de la pérdida, comprende el afrontar plenamente la realidad de que la persona está muerta, que se ha marchado y no volverá, venciendo la sensación de que no es verdad y que el reencuentro es posible en esta vida. Lo opuesto a aceptar la realidad de la pérdida es no creer mediante algún tipo de negación: se puede negar la realidad de la pérdida, su significado, o se puede negar que la muerte sea irreversible.

 

Aunque completar esta tarea plenamente lleva tiempo, los rituales tradicionales como el funeral ayudan a muchas personas a encaminarse hacia la aceptación (una de las variadas funciones de los muy importantes rituales funerarios).

 

No obstante, la situación de aceptar o no aceptar no parecen tan fáciles ni es desde luego inmediata. Aceptación viene del latín acceptatĭo, -ōnis, como acción y efecto de aceptar, aprobación, aplauso, y Aceptar, del latín acceptāre, como el acto de recibir voluntariamente o sin oposición lo que se da, ofrece o encarga; aprobar, dar por bueno, acceder a algo; recibir o dar entrada; asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación.

 

En la mayoría de las circunstancias, la muerte de un ser querido no es un suceso de aprobación o aplauso, ni un hecho que se reciba voluntariamente o sin oposición, ni se aprueba o da por bueno; asumir resignadamente la muerte como un sacrificio, molestia o privación, en nada consuela al doliente y no favorece la recuperación pues lleva implícita la represión de las emociones, algo tan trascendental en el trabajo del duelo.

 

La experiencia del trabajo diario con deudos, ya sea en el contexto individual o grupal, nos permite apreciar al menos dos tipos de aceptación, partiendo desde el principio de que la aceptación de la muerte no es un fenómeno en singular sino en plural, es decir, son muchas y muy variadas las cosas que se han de aceptar:

1- Aceptación intelectual: es inmediata, cerebral, racional, y proviene de lo observado, de lo sensorial: se da al conocer la noticia de fuente confiable, sea porque ha sido escuchado (en palabras del médico, del paramédico, del policía, del bombero, hasta del transeúnte) o porque ha sido visto (homicidio o accidente en el que la persona es testigo directo, o porque se ha encontrado el cuerpo tras un suicidio). Desde luego, la negación de la realidad puede darse de forma igualmente inmediata en variados momentos y de forma característicamente recurrente.

2- Aceptación emocional: es más tardía, del corazón (emocional), proviene desde el mismo interior del sujeto (“la razón se lo trasmite”), es adaptativa, fraccionada y plural: se debe aceptar el no poderle abrazar, besar, caminar con él/ella, conversar, estar a su lado, sentirle, verle, etc. Indiscutiblemente no puede darse de forma global (aceptar todo de una vez) y se corresponde de forma proporcional a la longitud del proceso de recuperación.

 

La palabra aceptación parece una palabra agradable y fácil de alcanzar, de asumir, se aprueba e incluso se recibe con aplauso, como una lotería, un premio, un regalo. Ciertamente se recibe un aumento en el salario voluntariamente y sin oposición, se aprueba (cualquiera que sea el balance económico en ese momento), se da por algo muy bueno, se le da acceso y se asume resignadamente (y aún sin ésta). La muerte de un ser querido parece ser otra cosa, otro mundo, un aspecto totalmente diferente.

 

Muchas personas en duelo se esfuerzan enormemente por aceptar la muerte de sus seres queridos, llegando incluso a pensar que ese es el trabajo más importante del duelo, y frecuentemente se sienten frustrados repetidamente y muy tristes al ver que no lo logran como “otros” pretenden que así sea (¿será que no lo estoy haciendo bien pues no siento que lo acepto como debe o debería ser?). ¿Será entonces apropiado el continuar utilizando tan frustrante terminología? ¿Cuántos de nuestros profesionales no entrenados en duelo insisten y prácticamente obligan a sus pacientes en duelo a aceptar lo inaceptable?

 

Tal vez deberíamos hablar más bien de renunciar al retorno (de lo perdido): abandonar la lucha, cesar de buscar, desistir, rehusar continuar, abstenerse, claudicar en la lucha, declinar la espera, desentenderse de la lucha, desistir en ésta, despojarse o desprenderse de las uniones de apego con el difunto, dimitir en la lucha, prescindir de éste, privarse definitivamente de su presencia o sucumbir a la tarea; o, tal vez, dejar ir: soltarle, ceder en la lucha, privarse de éste.

 

Renunciar al retorno de lo perdido –en lugar de hablar de aceptación – parece más apropiado cuando pensamos en las tareas del duelo, cuando pensamos en los pacientes sometidos a un trabajo tan exigente como es la recuperación tras la pérdida de un ser querido; además, no parece ser tan frustrante ni obligada: renunciar o dejar ir son palabras menos estresantes, menos exigentes y más complacientes si se quiere. De igual forma que la aceptación, el renunciar es también un proceso lento y adaptativo, si bien, no tan obligado como puede ser la aceptación.

 

Desde mi experiencia, he visto que mis pacientes encuentran menos frustrante, obligada, acertada y cercana a su realidad la palabra “renunciar” que la palabra “aceptar”, en particular cuando hablamos de la aceptación emocional, aquella que es más tardía que la intelectual. Así, hablaremos de aceptación para limitarnos a la intelectual, y de renuncia cuando hablemos de la emocional.

 

LOS CUATRO PERDONES

Antes de empezar, habría que decir que el perdón no es precisamente un acto:  se trata más bien de un proceso, prolongado y continúo. Es decir, no es posible perdonar  desde  la  voluntad;  desde  ésta  lo  que  sí  podemos  es  “elegir  cultivar ese  proceso”,  sabiendo  que  si  no  lo  hacemos  una  porción  de  nuestra  vida permanecerá infectada, inflamada, y cada vez que algo la toque, dolerá.

No podemos, entonces, decidir con tanta facilidad “te perdono”, si bien, si que podemos  “decidir  colaborar  conscientemente  con  ese  proceso”.  Este  trabajo psicológico,  sin  embargo,  es  sólo  una  parte.  La  otra  es  que,  a  medida  que sostenemos  en  el  tiempo  la  intención  de  cultivar  el  perdón,  algo  nuclear  de nuestro  Inconsciente  (nuestra  Esencia,  nuestro  Sí  Mismo,  aquello  que  nos conecta con el Amor Universal) a su vez trabaja subterráneamente para que el perdón  acontezca.  Esto  significa  que  la  médula  del  perdón  proviene  también de  una  instancia  interna  superior.  De  manera  que  decidir  perdonar  implica disponerse a hacer, humanamente, nuestra parte en ese proceso, y también a pedir a esa instancia interna (como en una oración) que tenga a bien desplegar eso más sutil que, desde nuestro psiquismo limitado, no podemos ejecutar. Así, cuando  el  perdón  adviene  y  sentimos  la  herida  limpia,  es  porque muy  dentro han  convergido  nuestro trabajo  psicológico  intencional  y  el trabajo  de  nuestro Sí Mismo (sin el cual el perdón no acontece). En otras palabras, sin amor, sin conectarnos  con  “ese  Amor  Universal”,  no  se  dará  el  perdón.  Este  proceso toma tiempo.

 

PRIMER PERDÓN (Cuando el otro nos ofende)

Este  perdón  hace  referencia  a  “perdonar  al  otro”:  esto  no  significa  aceptar que  el  ofensor  nos  siga  dañando,  o  que  retorne  a  nuestra  vida  si  lo  hemos expulsado: implica que esa persona ya no ocupe tanto espacio dentro de uno mismo, implica que  “ya no hay ofensa”. De modo que no se trata sólo de  “ser benévolo”  con  quien  nos  hirió,  sino  de  desenquistar  al  otro  del  enorme  lugar que ocupa dentro de nosotros mismos cuando esa herida no ha cicatrizado; se trata de “despojarlo” de su capacidad de hacernos sentir mal. Ése es el primer perdón.

 

SEGUNDO PERDÓN (Cuando ofendemos)

Este  perdón  hace  referencia  a  “pedir  perdón  al  otro”:  revisar  nuestra  historia y  el  día  a  día,  determinando  a  quiénes  hemos  lastimado,  ya  sea  por torpeza, inmadurez, ignorancia, egoísmo u otra cosa. Una vez detectados a conciencia estos actos,  será necesario ofrecerle al otro nuestro  reconocimiento del error:  esto deberá hacerse física o simbólicamente y preferiblemente de forma verbal, vocalizada  (ese  proceso  es  más  efectivo  si  el  ofensor  se  hace  cargo  de  la herida  frente  al  ofendido,  en  su  presencia  o  ante  su  tumba).  De  esta  forma, también  le  ayudaríamos  a  que  despliegue,  desde  él mismo,  el  proceso  de  su primer perdón. Éste acto es liberador, ya sea que nos brinden o no la disculpa (y  debemos  estar  preparados  para  lo  último,  con  coraje  y  dignidad).  Esta  es una tarea indispensable en el propio proceso evolutivo del perdón.

 

TERCER PERDÓN (Cuando nos maltratamos al ofender)

Este perdón hace referencia a “pedirse perdón a sí mismo por el daño causado a otros”: revisar nuestra historia y el día a día, determinando el daño infringido a  otros,  ya  sea  por  torpeza,  inmadurez,  ignorancia,  egoísmo  u  otra  cosa.

Una  vez  detectados  a  conciencia  estos  actos,  será  necesario  ofrecernos el  reconocimiento  de  nuestro  error:  esto  deberá  hacerse  de  forma  verbal, ante  un  espejo  o  frente  a  otros.  Éste  acto  es  también  liberador  y  una  tarea indispensable en el propio proceso evolutivo del perdón.

 

CUARTO PERDÓN (Cuando nos maltratamos a nosotros mismos)

Este  perdón  hace  referencia  a  “pedirse  perdón  a  sí mismo”,  sin más,  porque nos  hemos  despreciado,  lastimado  nuestro  cuerpo,  saboteado  y  exigido hasta  el  extremo,  además  de  habernos  expuesto  al  abuso  reiterado  de  otros ofensores,  sin  brindarnos  mimos,  cuidados  ni  afecto.  Pedirse  perdón  es  un acto  de  amistad  consigo mismo, tal  como  lo  haríamos  en  el  segundo  perdón con cualquier ser querido, el único con el que realmente conviviremos hasta el fin de nuestros días. Esto se logrará más efectivamente sin lo hacemos en un momento de soledad, de quietud, a corazón abierto.

 

Dado  que  cada  uno  de  los  cuatro  perdones  dinamiza  el  proceso  de  los  otros tres, se necesitan recíprocamente.

Texto  modificado  de  Virginia  Gawel  &  Eduardo  Sosa  (Copyright):  http://pensamientosensible.blogspot .com/

“El amor es la medida de nuestra capacidad de perdonar: cuanto más amamos menos necesitamos perdonar”. (J. Montoya Carrasquilla, 2009)